ART JOURNAL

Entre cajas y fotogramas

Esta semana ha sido agotadora por dos razones: primero, estuve incomunicada más de cinco días debido a un daño en los cables subterráneos.

1/19/20262 min read

Esta semana ha sido agotadora por dos razones: primero, estuve incomunicada más de cinco días debido a un daño en los cables subterráneos por las altas temperaturas; y segundo, la casa de Monique se inundó. ¡Ha sido demasiado!

Domingo, último día de mudanza. Estoy aquí desde las 7:00 y ya han pasado cuatro horas. Voy a matar a Monique —en sentido figurado, entiéndase bien—. Y es que de las peores cosas que pueden existir es cambiarse de casa, pero hacerlo a un segundo piso con el elevador dañado es, simplemente, el colmo. Mi querida amiga pasará un tiempo en el departamento de sus padres, ya que en su casa explotaron unas tuberías y no podrá estar allí por unas cuantas semanas hasta que las reparen.

—La última caja —le digo, mientras estoy literalmente tirada en el piso, extenuada en un rincón del departamento—. Si esto no es apreciar a alguien, no sé qué es.

M. me mira y se ríe. Insiste en que me quede a comer; le agradezco, pero no puedo. Intenta usar sus conocimientos de psicóloga, pero le explico que tengo otros planes, debo llegar a casa, ducharme y salir de nuevo. Ya había elegido este día para ir al cine.

La última vez que fui sola, vi la que para mí es la segunda mejor película de Studio Ghibli: El niño y la garza. Permítanme contarles: la primera vez que fui a ver una película sola no me encontraba en mi mejor momento. Estaba estudiando Gestión Empresarial Internacional en el ICHE, pero no disfrutaba lo que hacía. Fue entonces cuando entendí que no tenía que hacer felices a otros a costa de mi propia satisfacción.

Recuerdo que esa primera vez fue anecdótica; me sentía como un pez fuera del agua. Cuando le pedí a la señorita de la ventanilla una entrada, ella preguntó sorprendida: "¿Solo una?". Yo le dije que sí. De eso han pasado ya unos cuantos años.

Ahora, la sensación de ir al cine por mi cuenta, sin ningún tipo de temor, es distinta. He estado en salas donde la única persona en las butacas era yo; mi única compañía era la persona que proyectaba en la cabina. A ese nivel he llegado. La compañía está bien, pero poder hacer cosas por cuenta propia es, creo yo, mejor. Pienso que, al menos una vez en la vida, todos deberían experimentar esa sensación de libertad.

Mientras voy conduciendo llevo la ventanilla bajada el aire fresco choca contra mi rostro y observo como los árboles danzan al compás del viento, la música de la radio se filtra por las bocinas envolviendo en una atmósfera casi etérea. Me encantaría poder cerrar los ojos y disfrutar de este momento.

No sé qué habrá hoy en cartelera, pero en realidad no importa. Después de cargar cajas, subir pisos y sobrevivir a la logística de Monique, cualquier historia en pantalla será el refugio perfecto. Al final, el cine a solas es eso: el silencio que elegimos para callar el ruido del mundo y, mientras las luces se apagan, recordaré que no hay mejor compañía que estar a gusto con uno mismo.